Una caricia de justicia
 
Volvemos a las aguas turbulentas de memorias, pasado y un país injusto. Escucho a Rajoy y otros hablar de que la iniciativa del juez Garzón es impresentable porque va a reabrir heridas que todos los españoles habíamos cerrados con la Transición. Miente Rajoy, mienten los que piensan como él. Devolver los muertos a sus deudos, sacarlos de ese asesinato eterno que es el olvido, no significa abrir las heridas de la Guerra Civil, esa guerra que sí abrió heridas y que, no olvidemos, fue iniciada por, entre otros, un tal Franco que fue dictador en jefe de un Estado de no derecho al que sirvió como ministro el fundador del partido de Rajoy, Fraga. Ellos, con su pretensión de mantener la injusticia más allá de cualquier derecho, son los únicos que siguen sin querer cerrar esa guerra que tan bien les vino, pues les dio poder, un poder del que siguen beneficiándose sin que nadie les haya exigido cuentas por ello.
 
Pero no es esto lo que quería escribir. Al ver la foto publicada en la primera de El País el otro día imagino ese gesto de la mano como una caricia. Y creo, entonces, percibir una sonrisa en ese cráneo asesinado. No es para menos, al fin y al cabo tenemos que pensar que desde el aciago día en el que alguien le asesinó ha dormido, alma en pena, su muerte en el olvido de todos y conservando tan sólo como último rostro humano el de su asesino. Hoy, tantos y tantos años después, tiene motivos para sonreír pues otro rostro humano viene no sólo a rescatarlo de esa cuneta, de esa fosa en la que lo arrojaron, tal vez aún agonizante, sus asesinos y del olvido en el que este país lo ha mantenido hasta hoy. El rostro de la mano que acaricia con la dulzura del cariño el cráneo masacrado viene a borrar definitivamente ese otro rostro, el del terror, el de la muerte encarnada en alguien que empuña un fusil y va a matarte sin más.
 
Sonríe la calavera. Aliviada del espanto del olvido. Aliviada de una muerte que día a día se repetía. Aliviada de volver con los suyos. Sí, es cierto. Cuando pregunte por su asesino habrá que decirle la verdad, si no la conoce todavía. Y tal vez haya que decirle que hace unos años murió en su cama, de viejo, rodeado de los suyos, arropado por un sacerdote, cuidado por unos médicos. Y que luego fue enterrado en el cementerio del pueblo. En ese último viaje le acompañaron los suyos y otros más. No estuvo solo. Sí, habrá que decirle que desde el día en que le asesinaron sus asesinos no pagaron precio alguno y, posiblemente, gozaron del prestigio de los vencedores que cada día se engordaba al ver la desolación de los vencidos.
 
Habrá que decirle esto y mucho más. Hace tanto tiempo que no le contábamos nada a ese muerto olvidado que hoy sonríe a la mano que le acaricia al rescatarlo del olvido.
domingo 7 de septiembre de 2008