LOS OASIS DE EGIPTO


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Ficha técnica:

ISBN: 84-7782-346-4 ; 978-84-7782-346-9

Autor: Jordi Esteva

Lengua: Castellano

Publicación: Barcelona : Lunwerg Editores, S.A. , 05/1995

Descripción: 144 p.:il. ; 30x30 cm

Encuadernación: cartoné

Precio: 29,15 €


Nos cautivó la extrema sencillez y el inmenso valor que se daba a cosas que en nuestra sociedad de la abundancia despreciamos. El cuenco de agua fresca y pura de determinado manantial, comparar y distinguir entre los frutos de un vergel y los del vecino, mojar una hogaza de pan recién hecho en aceite de oliva verde, preparar té en el suelo con las ramas de un arbusto. Bañarse en una poza de agua cristalina.

    Me encontraba ante un momento decisivo en el destino de esos lugares desconocidos incluso para el común de los cairotas. Aquellas islas en el desierto, que habían salvaguardado su cultura durante siglos acababan de entrar en nuestra era. Las carreteras asfaltadas llegaban hasta muchos poblados rompiendo la tradicional autarquía, la electricidad iluminaba ya algunas zonas y con ella, la televisión comenzaba a crear nuevas necesidades. Todo cambiaría en poco tiempo.

   Tenía ante mí un valioso material de trabajo. Alguien debía no sólo inventariar sino fotografiar todas aquellas cosas que estaban desapareciendo día a día. Los oasis me hechizaron y durante dos años recorrí el desierto líbico. No me interesaba captar ni las dunas ni los espejismos, tampoco los templos faraónicos derruidos en parajes que habrían hecho la delicia de los viajeros románticos. Quería capturar un microcosmos cerrado en el paisaje infinito. Presentaría a los uahatíes, los habitantes de los oasis, en actitudes cotidianas y trabajos sencillos. Me impuse dos reglas: en ningún momento fotografiaría si no me hallaba involucrado directamente en la escena, y sólo lo haría cuando estuviera sucediendo realmente “algo”. Mi actitud era la del cazador paciente. Buscaba la hora, perseguía las sombras y esperaba el momento. Quería atrapar el espíritu del lugar.

   Claro que nada de ello hubiera sido posible sin la complicidad de los uahatíes que me permitieron inmiscuirme y vivir su vida durante tanto tiempo. Una relación lleva a otra y allí donde las distancias eran demasiado grandes, la carta de algún conocido dirigida a un antiguo amigo o al jeque de un oasis lejano visitado en la juventud se convertía en el abracadabra que desvelaba nuevas maravillas y permitía crear nuevas amistades. Pronto la red se fue tupiendo de manera que al poco tiempo podía decir con orgullo que conocía personas en casi todos los poblados que me brindaban la hospitalidad indispensable para desarrollar mi labor.

   Por tanto déjenme agradecer la amistad de Am Khairy de Bahriyah, socarrón y listo como un zorro, a Hagg Salah y su peculiar sentido del humor, a mi amigo Am Anwar que murió en 1997 y a sus hijos Amr y sobretodo a Ahmed con quién me unió una sincera amistad y que murió en un desgraciado accidente de tráfico. Siguiendo en el oasis de Bahriyah quisiera recordar a Mansur el camellero y las largas noches alrededor de un fuego, en pleno desierto, contando historias. También a la pizpireta setentona Hagga Sakina del oasis de Al Harra, a quién Anwar pretendió, al parecer sin éxito, en su juventud y que en la actualidad se toca con un enorme anillo de oro que le taladra la nariz. También a Hagg Mairy, viejo adorable del poblado de Al Hayz, donde siempre encontré cama, comida caliente y por poco esposa.

   Y de Farafra quisiera mencionar al Umda, figura religioso social de gran prestigio, a Am Sanussi y a Ustaz Mahmud, cacique local que en la misteriosa carretera de Farafra a Bahriyah desenfundó su revolver para disparar al cielo, asustándonos a todos, especialmente a la arabista Beda Taouila, quien me acompañó en numerosas ocasiones. Mohamed Seif y sus familiares me abrieron las puertas de Dajla, Mahmud Mansur las de Siwa. El fotógrafo armenio Chant Advenissian me transmitió su entusiasmo con sus primeras informaciones. Quisiera agradecer también la colaboración y apoyo incondicionales de Adrián Rodríguez Junco, la amistad impagable de Mursi Sultán de Port Saïd y la complicidad de mi hermana Isabel y de Ramón Puigmartí. Y el apoyo constante del antropólogo Jose Antonio González Alcantud.


 

 


 


 

Les Oasis d'Egypte

Ficha  técnica:

ISBN: 84-7782-351-0 ;  978-84-7782-351-3

Autor: Jordi Esteva

Traducción: Hélène Rufat

Lengua: francés traducido del castellano

Publicación: Barcelona :  Lunwerg Editores, S.A. , 06/1995

Descripción: 144 p.:il. ; 29x29 cm

Encuadernación: rústica

Precio:28,03 €

Unos años atrás viajé a Egipto y me establecí en El Cairo. Quería vivir en el corazón del mundo árabe y aunque no tenía un proyecto concreto en mente, presentía que tarde o temprano surgiría un tema que me iba a apasionar. Entre tanto, desempeñé todo tipo de trabajos, aprendí el árabe coloquial, descubrí la ciudad y algunos de sus secretos. De pronto los acontecimientos se precipitaron.

   Todo empezó a raíz de una exposición de fotografía, que colgué en "L'Atelier du Caire" sobre los derviches de Omdurmann, cuando el escritor Mohammed Seif, interesado por el trabajo, me invitó a acompañarle al desierto. Su padre era oriundo de Mut en el oasis de Dajla, lo que nos abrió las puertas de una población hospitalaria aunque reservada.

   Aquel primer contacto me impactó de tal modo que el poco tiempo previsto en Egipto se convirtió en cinco años. Cierto, el desierto no era espectacular como el Teneré, los hombres no eran azules ni se tocaban con vistosos turbantes, las mujeres no lucían collares de ámbar ni complicadas joyas, los poblados resultaban casuchas de adobe comparados con las orgullosas ciudades del desierto, Jaisalmer en el Thar o Shibam en el Yemen. Y sin embargo, sentí una atracción por los oasis de Egipto como antes no había sentido por otro lugar.

   Una tarde dorada en Siwa, el Oasis de los amonitas, creí viajar en el tiempo. Emergiendo por encima del palmeral, el templo del Oráculo de Amón destacaba sobre una roca. Abajo, entre los vergeles, los zaggalah tocados con burdas túnicas, que imaginaba parecidas a las de los campesinos romanos, regresaban a toda la velocidad que permitían sus carretas, compitiendo peligrosamente por los caminos de arena, levantando nubes de polvo, bordeando el lago de sal cristalizada que parecía, entonces, un espejo de fuego.

   Recuerdo la sensación de extraña familiaridad que me produjo la relectura de El Quijote durante una breve enfermedad en los Oasis, porque mucho de lo que leía lo estaba reviviendo allí. Las tahonas, las almazaras, los hornos de pan, los útiles del campo y de barbería, las forjas humeantes, las tinajas de agua fresca en los callejones, también las actitudes pícaras de algunos habitantes. Pero sobre todo imaginaba, salvando las diferencias entre Islam y Cristiandad, un modo de vivir y de ver la vida parecido.

   

    Paseamos por vergeles frondosos, vimos cavar pozos con métodos tradicionales, extraer el agua con norias tiradas por bueyes, luchar contra las dunas que invadían un poblado sepultando la mezquita. Nos sorprendió la presencia constante de la historia, los templos faraónicos semienterrados, las necrópolis romanas, las murallas de las ciudadelas islámicas. Dormimos en pueblos de barro sacados de un cuento, recorrimos callejuelas de textura orgánica a punto casi de palpitar. Asistimos a ceremonias de trance, a una circuncisión, presenciamos una sesión de tatuaje combinado con la antigua medicina del desierto. Una noche nos despertó el ulular de las mujeres que encabezaban una procesión. Enarbolaban el paño manchado de sangre de la novia recién desflorada.

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