La Vanguardia. Suplemento Culturas.
Tras los pasos de Simbad el marino
GABI MARTÍNEZ
El autor va en busca de la memoria de un pueblo educado en la narración oral que adereza sus relatos reales con fábulas y leyendas
Libros como Los árabes del mar hacen a una literatura (la española, en este caso) más grande, porque redimensionan la idea de ambición y empiezan a cubrir un hueco aún estimable en las estanterías, donde el género de viajes continúa teniendo pocos libros memorables que ofrecer al margen de los expedicionarios anglos, franceses o centroeuropeos. Y es que el-caso-Jordi-Esteva (Barcelona, 1951) es muy raro en nuestra lengua.
Hace décadas que Esteva se enfocó al mundo árabe, hasta el punto de instalarse en El Cairo, que sólo abandonó después de cinco años y tras ser expulsado por el gobierno bajo la acusación de espía trotskista, un camelo que se explica en el propio libro. De hecho, la idea de Los árabes del mar comenzó a forjarla en 1977, durante un viaje a Sudán que le desembocó en el mar Rojo. Allí, estimulado por los recuerdos infantiles de Las aventuras de Simbad,se preguntó por los árabes y la navegación.
Transcurrieron los años, la etapa cairota. Publicó estudios fotográficos, Los oasis de Egipto,Fortalezas de barro (en el Atlas marroquí), presentó Mil y una voces,entrevistas con artistas e intelectuales que intentaban discernir el futuro de las sociedades árabes. Un día del 2002, la carta de una amiga italiana desde Zanzíbar resultó fundamental para que Esteva rescatara el proyecto del que hoy hablamos. Entonces, de forma ya sistemática, se lanzó a recorrer a lo largo de cuatro años las rutas marítimas que siglos antes marcaron el apogeo cultural del Índico. Un proyecto sin precedentes, tan bello y universal que, al haber sido muy bien ejecutado, inscribe al catalán en la estirpe de los mejores, los ecos de Ibn Batuta, Thesiger oTim Severin resonando en sus páginas.
Un valor obvio de la obra es didáctico porque, además de introducir a las costumbres árabes actuales, aproxima a la Historia e idiosincrasia de aquella región, aquí pésimamente conocida. Esteva recuerda a los etíopes como formidables navegantes; señala cómo la emergencia de Roma supuso el derrumbe de la costa arábiga; describe, hoy, la ciudad de Simbad; o expone las escabechinas lusas en Omán, la apocalíptica entrada de Francisco de Almeida en Quiloa.
Pero si Jordi Esteva llegó a esas historias es, además de por los libros, por las personas. Yahí radica la clave deun texto concebido, sobre todo, a base de largas conversaciones con gente que atesora un saber pocas veces documentado y que, ante la falta de herederos que les quieran escuchar, a su muerte se perderá. Esteva va en busca de la memoria de un pueblo educado en la narración oral, todavía supersticioso, que adereza sus relatos reales con fábulas y leyendas. Y así, despacio, charla a charla, té tras té, consigue la cadencia necesaria para recrear la atmósfera que define a una cultura.
Esto comporta sus problemas. En ocasiones, las historias se alargan, no hubiera estado mal usar algo más la tijera. Dada la similitud de ciertos puertos y ciudades, algunas enumeraciones parecen repetirse, así como ciertas palabras que sin duda gustan al autor. También chirría el abuso de pronombres en primera persona. Descuidos formales nimios, no obstante, consecuencia de una escritura un punto asilvestrada que conecta con su forma de ver y vivir: "Me sentía feliz mientras avanzábamos a trompicones". Deslices anecdóticos, insisto, barridos por párrafos en los que Esteva despliega sus dotes de observador atentísimo a lo minúsculo, capaz de bordar descripciones enriquecidas por palabras rezumantes, sustantivos poco usados pero en absoluto antiguos, de una potencia luminosa que nos liga a mundos esenciales, a la tierra, el cielo, el mar, a mundos que muchos aseguran codiciar mientras empiezan a olvidar sus nombres.
Un libro con mayúsculas
Color. Es lo que Esteva trae, como todo gran viajero. Una gama extensísima, deslumbrante, sin estridencias, matizada por su propia persona, tan interesada en los ámbares del sueño y la oscuridad de los espíritus. (Otro de sus libros es Viaje al país de las almas,una incursión en el animismo africano.) Como buen fan del ensueño y la ebriedad, Esteva indaga en otros estados de conciencia colocándose con porros de bango, bebiendo whisky o aguardiente de dátiles, fumando narguiles bien cargados, y a veces se desmaya o le roban. Se interesa por los yins, los espíritus mágicos, ganando así la confianza de unos anfitriones que le cuentan historias distintas, y llega a ser testigo del trance de una mujer. Aparte de pescar malaria.
Gajes de un tipo con debilidad por husmear en los mundos laterales de áreas ya de por si - según Occidente- periféricas, cuya lectura aporta, pues, un exotismo al cuadrado. De hecho, el título del libro se lo inspiró un viejo enfermo de probablemente Alzheimer en uno de sus contados fogonazos de lucidez. Faluchos, dhows, mpetes, son embarcaciones que llevaron de Port Sudan a Mascate, Mombasa o Lamu a este hombre capaz de apreciar el bouqué de un ouzo y un remix tecno-bhangra, erudito y aventurero - quizá sean la misma cosa-, poseedor de un conocimiento profundo de lo árabe que le anima a posicionarse sin reparos y notable neutralidad ante la coyuntura actual.
Por ejemplo, al pensar en lo que significa Bagdad en Oriente, se pregunta cómo nos tomaríamos la destrucción de Roma o Atenas. Lamenta cómo se manipula la historia. Señala que el conservadurismo de los árabes es el que los está aplastando. Afirma: "El auténtico Mediterráneo es el Índico", por su bagaje como ágora. Pero asimismo dice: "Pobres mujeres de Arabia, tuteladas y cautivas de por vida". Y destapa cómo los mercaderes de esclavos omaníes renunciaron al proselitismo islamista con los negros africanos "porque si convertían a los nativos al islam, ya no podrían seguir esclavizándoles".
La investigación incluye un hallazgo: se alumbra una matanza muy ignorada hasta hoy. Se trata de la Revolución de Zanzíbar, donde los africanos exterminaron a miles de árabes en un momento en el que Nasser triunfaba con su panarabismo y, de controlar Zanzíbar, habría dominado las rutas del petróleo. Un árabe superviviente sugiere que Occidente e Israel apadrinaron el horror, y su ocultamiento. Por todo eso, Los árabes del mar es un libro de viajes con mayúsculas, de los que provocan el deseo de salir ahí fuera, incluso de seguir los pasos de quien lo escribió. Un libro que hace sentir bien porque, además, es el ejemplo de que una literatura crece.
12/07/06
El libro de Jordi Esteva constituye un auténtico hito en la literatura de viajes española
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