En busca de mundos perdidos
por Josep Massot. La Vanguardia
Viajar no es sólo transportarse físicamente a otro lugar. Es también aprender a mirar con los ojos limpios de estereotipos y saber escuchar, entender a las gentes que los habitan. Jordi Esteva viaja al laberinto de la memoria de mundos perdidos en busca de los mitos, los ecos. Las huellas que aún perviven, entre la fábula y la nostalgia, de los seres que los recuerdan. Visitó los oasis de Egipto, retrató el país de las almas de los akán, entre Ghana y Costa de Marfil, dio voz a los egipcios que veían desmoronarse una sociedad de tolerancia demolida por la corrupción oficial y los fanatismos, y ahora ha reconstruido para Altair/Península, las fascinantes historias de Los árabes del mar, herederos de la leyenda de Simbad, constructores con sus veleros de una antigua red de civilización en la ruta del Índico. Y en sus páginas hace hablar a viejos capitanes de una ruta desaparecida hace cuarenta años, dispersos por ciudades fantasmas y puertos soñolientos del Yemen o de Omán, de Mombasa, Lamu o Zanzíbar.
Jordi Esteva (Barcelona, 1951) nació cerca de la Plaza Molina, en una familia de la burguesía catalanista y desde pequeño surcaba en sueños rutas fabulosas. Recorría los atlas y mapas trazando en su mente rumbos de aventura e imaginaba a los árabes de Zanzíbar, los pescadores de perlas de Golfo pérsico, el esplendor de la antigua Al Andalus; o espiaba a los zíngaros que en los largos veranos de su infancia desembarcaban en la plaza del pueblo y proyectaban en enormes sábanas blancas películas de serie B, con el miedo de que aquellos magos de las imágenes podrían secuestrarle hacia el misterio.
Viajar también es una manera de huir y Jordi Esteva fantaseaba estrategias de fuga de una realidad que no le gustaba, la Barcelona de los años 50. O quizá porque tiene un gen melancólico y cuando se encuentra en un lugar quiere ir a otro. Estudió sin ganas Económicas y Letras y enseguida que pudo dejó las dos carreras y se puso a hacer fotografías, colaborando con la revista de antropología Periplo, siguiendo el camino hippie a India o recalando en El Cairo, donde estuvo cinco años. “El Cairo es como la Sevilla del mundo árabe, un pueblo muy antiguo, con mucha socarronería y sentido del humor; una ciudad ultracaótica, donde el tiempo corre de otra manera y las tertulias son continuas”. Era la época de la represión post-Nasser y Esteva acabó en prisión: acusado de ser el enlace exterior de un grupo trotskista, cuando “consta –dice– que en las fechas en que dicen que yo conspiraba en El Cairo con intelectuales como el escritor Ibrahim Abd el Mequid estaba trabajando para mi libro en los oasis, como así consta en los registros policiales de la zona”,
26/06/06
...Aunque Simbad es un personaje mítico sus relatos están inspirados en los de los marineros omaníes de los principios del Islam...
Vidas contadas
Esteva ha viajado a los lugares más remotos del planeta y se ha encontrado con que la globalización comunica al mundo entero, pero se ha perdido la curiosidad que da la extrañeza. “Antes dice– había curiosidad para indagar en la cultura y las costumbres de los viajeros occidentales: ahora, con la televisión e internet, ya creen saberlo todo de nosotros. En realidad se quedan con los estereotipos, al igual que los occidentales confirman en sus viajes los clichés que ya tenían antesde partir. La doble moral sobre Israel y Palestina y la guerra de Iraq hace que la gente me mire no con odio, sino con reticencia. Y yo no puedo ir dando explicaciones uno a uno, diciéndoles que no tengo nada que ver con Aznar o Bush”. Esas miradas de recelo son las mismas que los árabes encuentran entre nosotros que en estos últimos tiempos se han convertido en sospechosos.
Ahora Esteva trabaja en la Isla de Socotra, en Yemen, un refugio natural, donde los terroríficos monzones provocan su aislamiento total durante casi ocho meses. Tanto, que tiene plantas endémicas y sus habitantes siguen hablando un idioma emparentado con el sabeo, la lengua de la antigua reina de Saba.
Esta es su vocación: buscar mundos que se están yendo, la voz de los mayores, recuperar su memoria antes de que se extinga para siempre: “me da igual si lo que cuentan es verdad o no, lo que importa es cómo explican sus mitos, cómo escriben la historia a su manera”
Fue expulsado del país y regresó a Barcelona. Pepe Ribas le llamó para pilotar la segunda etapa de Ajoblanco y desde sus páginas (hasta 1993) Esteva fue pionero en difundir una nueva sensibilidad libre de clichés hacia los países del Tercer Mundo. Un poco por fatiga, otro poco por su impulso nómada, dejó la revista, y la Unesco le encargó un inventario de los caravensarais y madrazas del Atlas marroquí. Pero los libro que más impacto produjeron fueron Mil y una voces, en el que recoge conversacions con artistas e intelectuales árabes y Viaje al país de las almas, resultado de su larga estancia con la comunidad akán, retratando las ceremonias de iniciación animista. “Entré en gran empatía con la sacerdotisa, cabalgada por la diosa del agua y el rey de los cazadores, y me dejaron fotografiar todo el proceso. Dominan la farmacopea, los poderes de la música y el ritmo, y practican una sabiduría ancestral que les permite conocer una parte de sí mismos a la que sólo acceden cuando entran en trance. Yo no creo en los espíritus, claro, pero eso les ayuda a superar sus problemas”.
Esteva, que sólo viaja cuando tiene un encargo o un proyecto que realizar, regresó en 2002 al mar Rojo y viajó a Omán y al África oriental, en busca de los árabes que navegaban por el Índico aprovechando los monzones para comerciar con sedas, marfiles o piedras preciosas. “Quise encontrar a los capitanes, ya retirados, de aquellos navíos, y logré entrar en su mundo, gente amable pero muy reservada, con una gran nostalgia. Eran los últimos protagonistas de una ruta muy antigua, que había llevado la civilización árabe por la costa africana. En Mombasa, por ejemplo, me encontré a un poeta fascinante, de lengua swahili, descendiente de los omaníes que se exiliaron allí el siglo XII, Cheij Ahmed Nabhany. Y todos ellos me contaron historias extraordinarias de un mundo que sólo existe ya en sus voces y en su memoria”.