EXPOSICIÓN

LOS ÁRABES DEL MAR,

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BLANQUERNA

Alcalá 42


Madrid


del 21 de abril al 12 de setiembre



Copyright: Jordi Esteva. Prohibida su reproducción sin consentimiento previo por escrito

Hecho en Mac

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     El capitán Marlow también sentía pasión por los mapas. Lo cuenta Joseph Conrad, el creador de esta figura inquietante, a la vez marino y vagabundo, en El corazón de las tinieblas. De muchacho se pasaba horas reclinado sobre los mapas, soñando con las aventuras de la exploración. “En aquella época había en la tierra muchos espacios en blanco, y cuando veía uno en un mapa que me resultaba especialmente atractivo (aunque todos lo eran), solía poner un dedo encima y decir: Cuando crezca iré allí”. Cuanto más grande era el espacio vacío, mayor era su pasión. Marlow es la figura del viaje hacia lo desconocido, en busca de espacios que todavía no tienen nombre en el mapa. En este sentido, Marlow tal vez sea la figura literaria más deslumbrante del siniestro período de la colonización. Una època en la que conocer, a través del viaje, aquello que, para la cultura occidental, todavía no tenía nombre en los mapas, ya era una forma de empezar a dominarlo.

    Pero hay otra forma de mirar los mapas, que no tiene que ver con el dominio sino con el descubrimiento. Lo ha recordado Jordi Esteva a la entrada de una pequeña pero muy intensa exposición de sus fotografías : “Cuando era un niño, me gustaba viajar sobre los mapas del atlas y contemplar los libros antiguos de geografía ilustrada”. En un libro extraordinario, Los árabes del mar (Península/Altaïr), publicado ahora hace un año, Esteva ya había dado más detalles de esta fascinación: “Ahí estaban las imágenes de un gran velero árabe surcando el Índico, los pescadores de perlas de Bahrein o los faluchos atracados en el puerto de Mombasa”. Mirar los mapas y las fotografías era asistir a la epifanía de un mundo nuevo, extraño en su distancia, pero con una historia propia y milenaria, capaz de provocar la admiración y el deseo. La visión de una película, Las aventuras de Simbad, fue el detonante de sus tres décadas de viajero en busca de esa intuición, que contradecía todos los tópicos: frente a la ecuación de árabe igual a nómada y desierto, Esteva ya intuyó entonces el profundo vínculo que unía los árabes al mar. Empezó entonces, sobre los mapas, a sentir la excitación del viaje como descubrimiento: buscar no tanto el espacio vacío para colonizarlo, sino las huellas de un pasado que empezaba a desaparecer, entre los puertos de Arabia y la costa africana de los Zenj

    Una noche en Wad Medadine, Esteva escuchó una melopea de la gran Um Kulzum, cantando los amores de un joven que, tras acudir al campamento para ver a su amada, descubre que ella, con toda su familia, ha abandonado el lugar, sin que pueda saber hacia dónde se han ido, pues una tormenta del desierto había borrado las huellas: sólo quedaban las brasas de una fogata nocturna, que seguían ardiendo. Esteva sentirá, muy pronto, que ese desasosiego era el suyo: “Yo también andaba buscando un mundo que acababa de desaparecer y del que, al igual que en la canción, todavía podían apreciarse los rescoldos”. Si no conocen Los árabes del mar, el relato fascinado y fascinante de esta búsqueda, ya tienen una lectura para este verano: no se arrepentirán. Y mientras esperamos ansiosos el libro con las fotos de Esteva, tienen, a modo de aperitivo, su exposición. ¿Por qué? Esteva lo ha escrito de forma precisa y fulgurante: “Quizá todo sea mucho más sencillo y viajar no sea sino intentar recobrar los sueños de la infancia”.



Xavier Antich

La Vanguardia

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