Mi experiencia con el cristianismo me demuestra que cada año resulta más fácil vivirlo. En cambio, la vida cristiana basada en el esfuerzo personal se hace cada año más difícil, ya que cada año estamos un poco más cansados.
Esta semana el pensamiento va dirigido a los sinceros — los que no lo son, no tienen esta dificultad — a los que de verdad quieren agradar a Dios y se esfuerzan todo lo que pueden para vivir en santidad y contentar al Padre.
Nací de nuevo en junio del 1970. Tenía 16 años, y durante los primeros tres años de mi vida cristiana hice todo lo que me enseñaban en la iglesia: iba al culto, leía la Biblia todos los días, oraba todos los días, ayunaba todas la semanas, testificaba a mis amigos… en fin, todo lo que me habían explicado que era necesario para mi desarrollo espiritual.
Después de tres años, me quedé sin fuerzas. Y me quedé perplejo. ¿Qué es lo que hacía mal? Estaba cumpliendo con todo lo que me enseñaron. Me prometieron una vida de abundancia1, pero lo que tenía en realidad era un gran agotamiento espiritual.
En ese momento, por lo que pude deducir, tenía dos posibilidades. Una, que el cristianismo no era verdad. Esa era una opción legítima, pero había un gran problema: el Señor me había sanado de varias lesiones sufridas cuando un tren chocó con mi coche. Una noche, antes de entregarme a Él, Dios me sanó de una lesión en el riñón y las costillas, que tenía a consecuencia del accidente con el tren. Lo comprobé. Ya no orinaba sangre, ya podía respirar hondo sin dolor. Dios era real, y me había sanado en una iglesia cristiana.
La segunda opción era que no estaba viviendo la vida cristiana como tenía que hacerlo. Parecía la única que me quedaba, pero estaba confuso. Había cumplido con todo lo que me enseñaron en la iglesia, y había acabado sin fuerzas. ¿Qué era lo que me pasaba?
Un día leyendo la Biblia, encontré un versículo que me ayudó a entender: “... Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”2.
Dios produce el deseo (el querer) y Dios produce el poderlo llevar a cabo (el hacer). ¿Cómo?
Me dio más luz todavía un versículo que había memorizado en la escuela dominical: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”3.
Esta vida que ahora vivo en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios. O, como dice otro versículo, en “la fe que obra por el amor”4.
Yo había estado “obrando” para vivir la vida cristiana en mis propias fuerzas, y por supuesto acabé extenuado. Pero si entro en el reposo de Dios (He. 3 y 4) “el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas” 5. La respuesta era vivir en la fe “del” (no “en”) el Hijo de Dios. Dejar que Él me llevara. Así podría tener nuevas fuerzas; levantar alas como las águilas; correr y no cansarme; caminar y no fatigarme.
Actualmente, sigo orando todos los días, leyendo la Biblia cada día, ayunando cada semana, etc. La diferencia es que ahora es Él quien me guía por sendas de justicia por amor a su Nombre. 6
1- Juan 10:10 2- Filipenses 2:13 3- Gálatas 2:20 4- Gálatas 5:6
5- Hebreos 4:10 6- Salmo 23:3