Probablemente, tres errores que tendemos a cometer como personas que de verdad quieren agradar a Dios tienen sus orígenes en nuestra tendencia al legalismo. La mayoría de nosotros ni somos totalmente legalistas ni andamos totalmente en la gracia. Más bien, suele haber una mezcla.
El primer error es llegar a la conclusión de que el cristianismo consiste en 1) estudiar la Biblia para 2) averiguar qué es lo que quiere Dios y 3) dedicarnos a cumplir sus deseos .
Esta pequeña ecuación deja a un lado la relación íntima y personal con nuestro Dios. Lo descrito en el párrafo anterior se corresponde a una relación bastante impersonal, como la de un empleado con su jefe. El jefe comunica qué es lo que quiere, el empleado averigua en qué consiste y luego intenta cumplir con ese deber. Creo que esto (a pesar de ser un pobre sustituto del amar a Dios de todo corazón, alma, mente y fuerza1) se enseña en nuestras iglesias con demasiada frecuencia.
El segundo malentendido se parece al primero. Tendemos a caer en la rutina diaria de vivir nuestra vida cristiana basada en principios.
Ahora cuando leo la Biblia todos los días, leo hasta que me habla al alma. Antes leía tres capítulos diarios por principio. Al acabar los tres capítulos, había cumplido con mi compromiso, y seguía con mi vida. Ahora bien, lo que necesito de la lectura bíblica es lograr tocar a Dios y que Él me toque a mí. Leer para cumplir con una obligación o por principio es muy inferior a acudir a la Palabra de Dios para acercarme a su Autor. Necesito contacto diario con Dios a través de su Palabra. Así que sigo leyendo cada mañana hasta conseguir ese contacto para luego ponerme a hablar con Él. La Palabra es mi ayo que me lleva a Dios.2
El tercer error es más bien una mentira. Tenemos la tendencia a creer que lo que Dios busca es una santidad motivada por el temor (nada más lejos de la verdad). Y esta mentira produce en nosotros una imagen de Dios que no se parece en nada a lo que Él es en realidad.
Si Dios quisiera que viviéramos en el temor, todo le sería mucho más fácil. Solo tendría que aparecer y todo el mundo sentiría pavor. Incluso le bastaría con enviar a un ángel (en la Biblia, cada vez que se presenta un ángel, lo primero que tiene que decir es: “No temas”3).
Pero su voluntad no es que vivamos en el temor. No, eso no es lo que Él quiere (y eso que hasta la obediencia sería más fácil si ese fuera su deseo). Lo que Dios quiere más que nada en este mundo es que le amemos desinteresadamente con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas.1 Y al querer amor, amor voluntario y sincero, se ha complicado mucho la vida a sí mismo.
El amor tiene como fruto la santidad y la obediencia.4 Este es el tipo de santidad que Dios busca.
Necesitamos un milagro. Necesitamos ser renovados en el espíritu de nuestra mente5 hasta que tengamos la mente de Cristo.6 Necesitamos ser transformados de gloria en gloria en la misma imagen de Cristo.7 No vamos a comprender con nuestras mentes lo que quiere Dios. Él tiene que revelárnoslo.
1- Mateo 22:37; Marcos 12:30; Lucas 10:27 2- Gálatas 3:24 3- Lucas 1:13; 1:30; Apocalipsis 1:17, etc. 4- Mateo 22:40; Romanos 13:10 5- Efesios 4:23; Romanos 12:2
6- 1 Corintios 2:16 7- 2 Corintios 3:18