Posible y ... Fácil
 
Philip Yancey cuenta una anécdota en su excelente libro “Gracia Divina Vs. Condenación Humana”, acerca de un estudiante de alemán. Una semana antes del examen, el profesor le anima a estudiar mucho; sin embargo, también le asegura que haga lo que haga aprobará dicha prueba. Una y otra vez le garantiza que tiene aprobado el examen; aunque entregue la hoja en blanco, aun así, aprobará.
 
Sin la “amenaza” del castigo, ¿cómo podría el profesor esperar que el alumno estudiara? Conociendo la naturaleza humana, ¿quién de nosotros se aplicaría a estudiar sabiendo que, sin importar lo hecho en el examen, tiene garantizado el aprobado?
 
Dios nos ha prometido el perdón. La gracia nos asegura que vamos a ser perdonados y aprobados, cualesquiera que sean nuestros pecados, si nos arrepentimos y pedimos perdón de todo corazón.1 El perdón es nuestro tras una petición sincera.
 
Exodo 34:6,7 dice: “¡Jehová! ¡Jehová! Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado”. Una buena parte de los libros del Pentateuco se ocupan de cómo conseguir el perdón de Dios. Y es que Él quiere perdonar. Lo está deseando en todo momento.
 
Ahora bien, ¿esto no puede dar lugar a abusos de la gracia? ¡Por supuesto! Yo, personalmente, he abusado de la bondad de Dios. ¿Y qué más se puede esperar si Él es tan bueno y está tan dispuesto a perdonar?
 
Entonces, vamos a ver, si no existe la amenaza de que se enfade con nosotros para siempre, si no es por no colmar la paciencia de Dios, ¿cómo espera Dios que cumplamos con nuestro deber sin aprovecharnos y abusar de su infinita paciencia?
 
Yancey dice que, efectivamente, si no existiera el peligro de suspender el examen, serían poquísimos los que estudiarían. ¿Cómo, pues, se esforzará el estudiante por aprender alemán? Se esforzará por aprender alemán si se enamora de una alemana. Y es que el amor no necesita de la amenaza del castigo para motivar a alguien a cumplir aun con las cosas más difíciles.
 
Después de conocer a Marisa (y enamorarme locamente de ella) tuve que volver a California y pasar ocho meses allí para ganar dinero y poder volver a Sitges, donde ella dirigía un Coffee House. Durante ese tiempo no me costó nada serle fiel. Le escribí 180 cartas en esos ocho meses. La llamé por teléfono siempre que pude. Y ninguna de esas cosas (y algún que otro regalito que le mandé) supuso ningún sacrificio para mí. Estaba enamorado.
 
Las cartas que escribí en aquel tiempo, si me permites, se pueden comparar con la lectura de la Biblia: no cuesta nada comunicarse con alguien de quien estás enamorado. En este sentido, las llamadas telefónicas — no me mires mal — se pueden comparar con la oración. (Yo deseaba tener la oportunidad de hablar con Marisa, por eso no me costaba nada escribir o llamar por teléfono). Mantenerme fiel tampoco representó ningún esfuerzo — como tampoco lo es evitar el pecado para el cristiano enamorado (porque el amor de Cristo nos constriñe, según dice 2 Corintios 5:14).
 
El amor cumple la ley.2 Los mandamientos de Dios no son gravosos,3 y su yugo es fácil y su carga ligera,4 si le amamos de todo corazón, alma, mente y fuerzas.5 Y esto no es solo un mandamiento, es la clave de la vida cristiana. Amar a Dios y amar al prójimo no solo hace posible la vida cristiana, también la hace fácil.
 
2 Juan 6 — “Y éste es el amor, que andemos según sus mandamientos. Éste es el mandamiento: que andéis en amor, como vosotros habéis oído desde el principio”.
 
Judas 21 — “Conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna”.
 
 
 
1- Mateo 12:31  2 - Romanos 13:10   3- 1 Juan 5:3   4- Mateo 11:30
5- Marcos 12:30; Lucas 10:27  
 
 
 
18/04/2007