T-Infinitum y ruta 64 en mancuerna. Destino: Plaza Jaume. Objetivo: realizar el enésimo trámite que toca este año.
Subo, el conductor dice hola, pienso ‘hola será’, respondo “hola”.
Luego me doy cuenta de que voy a bordo del crucero de la tercera edad. Soy una chiquilla. Parece que todos ahí van al club -no sé qué club, pero ellos lo dicen.
Señora setentona, rubia, jeans toque juvenil, chaqueta Jackie-O blanca, zapatos bronce del mercadillo (tienen que ser del mercadillo, sospecho, por la ubicación de su subida, que son de Sant Antoni), bolso de boa albina o cocodrilo-bleached, uñas rojo sangre de anémico, gafas de sol sintonía ‘carey de mis tiempos’ y juego de aretes y collar de perlas, se sentó junto a mí. Ápa!...
Señor-chico treintón con barriga voltea hacia mí (mí en afán mamona con lentes oscuros en un día sin luz sedienta de café), me da un guiño sugestivo, la señora emperifollada rubia lo advierte, se voltea, me mira, revisa, evalúa y califica. Setentona y todo, entona bien quedito, pero bien bonito: “si no es para tanto”. Pienso: ‘ella tiene como mil años, saaabe’ (del ‘sabe’ hidrocálido).
Señora apelirrojada sesentona sube agitada y dice hola a la señora rubia setentona mala leche (de la de la tercera edad) a lado mío, saluda “hola, qué vas de boda?” (con el ‘qué’ catalán que no significa “qué”). Señora rubia contesta “¿quéeee?” (con el que sí es ‘qué’). Se puede sentir que sus cuerdas vocales sufren algún tipo de osteoporosis de cuerda, porque se oyen blandas y agujereadas. Señora apelirrojada repite “Parece que vas de boda, que estás muy guapa, qué vas al club?” ... multiplicación de ‘qués’ en todas las frases, unos catalanes, otros no. Señora rubia se indigna (lo sé) y contesta “yo-o si-empr-e vo-oy muuy gua-apa”, hay un dejo de indignación tras sus porosas sílabas. Apelirrojada se da cuenta de su error, y tras tres frases repletas de excusas fastidiosas de jubilada, dice y se va “hay un lugar allá, deu guapa”, y la guapa dice “tu misma, guapa”.... ja! estocada final!!! y mi rubia gana el duelo sutil de la tercera edad y sus dignidades femeninas. Justito me doy cuenta que son enemigas: apelirojada tiene diez años menos.
Una parada después, gime un poco, piensa, se quita su collar de perlas aperladas y lo guarda en su bolso de boa albina o cocodrilo-bleached, tal vez así la gente -como ésa- no confunda la elegancia con la pompa. Levanta la cara, sacude su cuello de cisne pasita blanca, vuelve a voltear hacia mí, y dice, ahora más fuertecito, sin importarle si quiero oír y antes de que a mí se me ocurra pensar lo contrario: “más guapa seré yo”.