La paradoja de la insoportancia II Parte
 
Y así con el correr de los años, la india y yo nos hemos venido insoportando cada vez mejor. A veces quizás con demasiado cariño, pero ¿quién lleva la cuenta? Ahora que conocemos precipicios de verdad, al menos tratamos de no empujarnos demasiado duro, y si tiene que ser, que sea tierra adentro.
 
Tal vez de vez en cuando he querido llevar este concepto de la insoportancia demasiado lejos, al punto de tener que hacer yo mismo de indio y de vaquero, buscarme yo solito mi precipicio y tirarme los tiros a puro espejo. Pero siempre van quedando desgranados por la vida tanta gente bella que no me soporta. Y siguen aquí: como una afrenta inmensa contra la levedad del ser.
 
He aquí pues la paradoja de la insoportancia: Todos esos que siguen con nosotros después de tantos años de no soportarnos, debe ser porque nos quieren mucho.
 
Y pues como ven, vengo desde hace días pensando en esto. En toda la gente que por tanto tiempo me ha dedicado lo mejor de nuestra insoportancia y se me han pegado a la vida como pecas, como lunares o quizás como esas manchas de sol nos dejan nuestras madres en los eclipses. Que no se me quitan con nada. Hoy quiero decirles que yo también los quiero mucho.
 
Bueno mucho no, tampoco se abusen. Bastante, digamos un montón. En realidad tamaño poco, digamos un pocotón. Un pocotón bastante grande. Un abrazo, feliz año nuevo.
 
 
¡Bang! ¡Bang! ¡Pun! ¡Pun! ¡Pun!
domingo 4 de enero de 2009