La Historia de Tita
La historia de Tita
1954 / 1985
Tita mi hermana, nació un año después que yo, en la Isla de Sta. Catalina,
Avalón Ca. (territorio mexicano no reclamado).
Al año de nacida, por fiebres muy altas y atención médica inadecuada, sufrió una lesión cerebral.
Su estatura era pequeña y su cuerpo redondito, aunque no tenía la flexibilidad de los niños Down,
si tenía rasgos corporales similares a ellos.
A pesar de aquel daño cerebral, era sumamente inteligente, fue a la escuela entre muchos niños Down, aprendió a leer, a escribir y cosía y bordaba observando hacerlo a las trabajadoras en la
fábrica de mis padres, un taller de ropa finamente bordada a mano.
Ella hacía muñecos de trapo llenos de colorido, que vendía bien a los turistas, así que siempre tenía sus ingresos económicos, los cuales administraba muy bien. En la época de navidad siempre nos
obsequiaba a todos regalos de utilidad como cajas de pastas dentales o jabones.
Para mis hermanos y para mí, era el ser más querido y especial, para Vicky, mi hermana menor
y para mí, era aparte de nuestra única hermana; nuestra muñequita.
Yo siempre solía cortarle su pelo y peinarla, cosa que le encantaba, así como la música y el baile
y los muchachos. Tenía una colección enorme de discos que cargaba junto con su pequeño tocadiscos a dondequiera que iba, cuando había fiestas en casa siempre pedía a los músicos tocar María Crsitina
y esto se hacía repetidamente. Los músicos que sabían que ella era especial lo hacían de buena gana.
Un año antes de su muerte estaba realizando un dibujo extraño y de pronto observarlo y tratar de leer su significado, me llenó de escalofrío: dos niñas jugaban sosteniendo en medio de ellas un féretro con un personaje pequeño que bien podía representar un juego macabro con una muñeca.
Sólo se veían unos pies pequeños salir de la base del féretro con unas medias blancas.
Ese dibujo me llevó seguidamente a realizar un tríptico que titulé entonces: “ La muerte de la muñeca”, jamás imaginé lo que iba a suceder un año después.
En noviembre de 1985, viviendo yo en la Ciudad de México, mis padres me avisaron que operarían a Tita de emergencia por piedras en la vesícula con un dolor muy intenso. Esa misma tarde volé a la ciudad de Guadalajara, muy preocupada por mi hermanita quien a pesar de tener ya treinata y un años, aún parecía una niña de catorce. El vuelo me pareció interminable y las nubes eran oscuras, como si se avecinara una tormenta terrible, tuve de pronto la dolorosa sensación de que mi Tita no iba salir con vida de aquella operación, me llené de tristeza y preocupación.
Nada recordaba de aquellos dibujos, hasta que llegué al hospital, la puerta de la sala de terapia estaba entreabierta, y desde afuera sólo pude ver unos pies con unas medias blancas antitrombóticas. En ese momento recordé la imagen terrible del primer dibujo y me percaté de aquel anticipado mensaje dramático de mi inconsciente.
Dos días estuvo Tita en terapia intensiva librando una batalla con la muerte por un septicemia que su médico “no detectó”. Nuevamente un error médico, dañaba su existencia, ahora letalmente.
Y nosotros estábamos allí vigilantes, llenos de angustia y sin poder hacer absolutamente nada por nuestra Tita.
Vicky mi hermana no estaba enterada del asunto pues se había apenas embarazado y no quisimos avisarle lo que estaba pasando, teníamos fe en que Tita se recuperara.
La mañana de su muerte soñé que era delgada y muy jovial, vestía una ligera bata blanca vaporosa y delicada, estaba contenta, radiante, mientras yo servía pescado de comer a toda mi familia.
Me levanté contenta pensando que mi sueño significaba su pronta recuperación, pero esa mañana Tita se puso grave, su cerebro estaba ya dañado y no había posibilidad de recuperación. Al verla sufrir, sólo pedí dentro de mí, con toda la fuerza de un corazón que ama es capaz, que Tita muriera, que no
sufriera más, una hora después mi deseo se hizo realidad. Entré a verla y sus hermosos ojos negros sólo tenían un diminuto punto de luz en la retina, y su boca entreabierta descansaba del dolor.
Al día siguiente, preparé pescado para mi familia, y todos la recordamos de mil maneras felices.
Y yo, aún no puedo recuperarme bien a bien, de tan injusta muerte y de mi impotencia para haberla podido ayudar a salir adelante. Esto ha sido sin duda alguna el episodio más doloroso de mi vida.
Sin embargo Tita vive y vivirá siempre para nosotros, está viva en los recuerdos gratos de sus risas, sus enojos, sus canciones favoritas y baila con su vestido rosa, dando giros interminables por toda la casa de mi madre, sobre el césped entre las flores.
Varios meses después nació Cristina, la hija primogénica de mi hermana Vicky, el 5 de julio de 1985, el mismo día que naciera nuestra hermana Cristina, “ Tita” en 1954.
El segundo dibujo de aquel tríptico premonitivo, ilustraba a un grupo de niñas con una muñeca muerta entre sus brazos. El tercero, dos niñas de espaldas tejiendo para un bebé que seguramente vendría.
La ilusión de mi vida y tal vez mi meta final –no lo se- hasta ahora, ha sido construir en esta ciudad una escuela de arte para niños Down, en memoria de mi hermana, y se con firmeza que lo voy a lograr, creo que el arte será mi medio para conseguirlo.
Además cuento en esto con la empatía hacia este proyecto, de Isis, mi única hija.
Siempre quise Paulette, escribir esta historia, pero rehuía al dolor que me causa rememorarla.
Durante diez años no podía siquiera mencionar a Tita sin que el llanto incontrolable me invadiera.
Sin embargo todo tiene en la vida un tiempo de asimilación y maduración, a veces demasiado largo y ayer que me preguntaste, cual era mi historia con relación a los niños Down, pensé que había llegado el momento de escribirla.
Va aquí para quienes quieran conocerla, por tu arrojo y amor hacia estos niños y por las horas de felicidad que has traído con la danza a sus vidas.
Te admiro profundamente.
Lucía Maya
Junio 16 de 2007
Guadalajara, Jalisco. México
Carta a Paulette Beauchamp