Dentro de los ecosistemas mediterráneos, caracterizados por la existencia de una vegetación adaptada a la sequía estival por el desarrollo de hojas coriáceas, duras, tomentosas o espinosas; podemos encontrar también otras comunidades que parecen no corresponder a estas latitudes. Estas comunidades aparecen normalmente ligadas a cursos de agua, aunque en zona como la que nos ocupa —la provincia gaditana—, la acusada influencia oceánica permite que, a veces, se separen de ella.

El quejigo es un árbol de hasta 30 m. de altura, con hojas marcescentes, pecioladas, con una longitud de 5 a 20 cm, con margen lobulado. Flores pequeñas amarillo verdosas, polinizadas a través del viento, que aparecen de febrero a mayo. Fruto en bellota, cubierto hasta la mitad por la cúpula, muy apreciadas para la ganadería porcina en montanera, que maduran en otoño.
Las mayores masas de quejigos en el mundo aparecen situadas a ambos lados del Estrecho de Gibraltar. En Eurasia, no existe prácticamente fuera de la Península Ibérica en donde sobreviven pocas masas de esta especie. Se encuentran algunas en los Extremadura, en los Montes de Toledo, en Cataluña y, sobre todo, en la provincia de Cádiz y en parte de la de Málaga.
Así, los Llanos del Juncal y San Carlos del Tiradero en los Barrios, Navahermosa en Castellar y en zonas de los Montes de Jerez y Jimena de la Frontera; presentan los mejores quejigares de la Península Ibérica en puntos coincidentes con los máximos pluviométricos de la provincia de Cádiz (con suelos ácidos).
Al ser Quercus canariensis un “relicto probablemente superviviente de épocas con un clima mediterráneo más templado y lluvioso que el actual”, el quejigal nunca va a aparecer en situaciones climácicas, sino que ocupará áreas en las cuales el alcornocal no puede desarrollarse por causa de la alta humedad existente, que le provoca una situación de estrés que le impiden vivir con normalidad.
En cuanto a suelos, el quejigo prefiere las tierras pardas forestales silíceo-arcillosas derivadas de la arenisca del aljibe, aunque no se muestra demasiado exigente pues se desarrolla igualmente en suelos de acarreo (Castellar), arcillosos (Jerez) y básicos (Grazalema) pero fuertemente lavados por la acción de las intensas lluvias.
En estado natural y poco alterado por la mano del hombre, el quejigal es un bosque muy denso que apenas permite el paso de los rayos de sol hacia su seno. Por tanto, el sotobosque se presenta con escasez de ejemplares y especies, predominando las lianas y las especies epífitas y cascomófitas que buscan ávidamente la luz trepando hacia arriba o situándose en lugares elevados donde la situación sea más favorable para su desarrollo. Sin embargo, en las alturas no existe un suelo capaz de retener agua y nutrientes, lo cual no parece ser demasiado problema para musgos, helechos tales como Polypodiun cambricum o Davallia canariensis, o para enredaderas como la hiedra, la nueza negra (Thamus communis) o la zarzaparrilla.
Cuando la densidad no es demasiado acusada, la humedad y la humificación dan pie a unos frondosos subvuelos entre los que se encuentran los arbustos más interesantes del Parque Natural: durillos, agracejos, las dos especies de ruscos, Daphne laureola, alisillos, brezo turel, madroños; y en situaciones de mayor influencia hídrica, acebos, laureles y rododendros conforman un rico sotobosque de claras connotaciones lauroides y paleomediterráneas.