Si el anterior fué el primer "gran viaje", éste fué el primero en coche, y un poco, o un mucho, a la aventura. Enrique y Jesús fueron los compañeros. Albergues juveniles nuestros alojamientos, y mi R-5 amarillo como fiel vehículo de transporte.
El destino: Gales, pero con muchas cosas antes y después. El principio no fué precisamente alentador: nos perdimos apenas salir de Sevilla. Fué deprimente.
Decir que íbamos de pobres es poco. Bien pertrechados de alimentos patrios nos recorrimos del tirón España y Francia, con parada y fonda en Chartres, hasta llegar a Calais, donde tomamos el ferry rumbo a la pérfida Albión. Al llegar a tierras británicas nos llevamos nuestra primera gran desilusión: en la aduana nos confiscaron nuestros maravillosos chorizos que con tanto cariño nos había preparado la madre de Enrique. Allí tiramos para Londres, circulando con mucho cuidado por la izquierda y cediendo el paso a los que venían por la ídem, como parecía lógico. Una vez en London descubrimos que la preferencia la tenían, y siguen teniendo, los que vienen por la derecha. Pabernos matao, oiga!
Una vez recuperados del susto, y tras dormir en el coche, con cierto (mucho) temor por nuestra parte, en medio de un parque porque el albergue estaba lleno, nos pateamos Londres de arriba abajo, para luego conocer Oxford, Stratford, cuna de Shakespeare, Wells y un sitio tan significativo como Stonehenge (del que desgraciadamente hay pocas y malas fotos) antes de llegar a nuestro destino, País de Gales, donde con ciertas dificultades idiomáticas nos recorrimos todo lo que pudimos, llegando incluso a subir el monte más alto de la Gran Bretaña, el Snowdon, cosa poco meritoria si tenemos en cuenta que lo subían padres con hijos a cuestas, pero muy satisfactoria al encontrar el justo premio en forma de bar al llegar a la cima.
Tras recorrer todo Gales y sus humedísimos páramos, pinchando un par de ruedas y con la impresión de que se encuentran catalanes y sobre todo alemanes en cualquier lugar por insospechado que parezca, llegamos a Folkestone para tomar el ferry hasta Boulogne. Pero antes tuvimos la osadía de recorrer unos kilómetros con nuestros tres bolsos de mano, conteniendo los pasaportes y la (poca) pasta, en el techo del coche tras repostar gasolina. La gente intentaba avisarnos, pero nosotros nos limitábamos a devolverles el saludo. Afortunadamente al parar en el puerto los bolsos estaban allí.
De ahí para la Ciudad de la Luz, oseáse la misma París, donde tras calarse el coche en plena plaza del Obelisco, decidimos meterlo en el primer garaje que encontrásemos, para allí dejarlo el tiempo que durara nuestra estancia. Ibamos para ver a Carmen, la novia de Jesús, que allí estaba haciendo un curso. Y lo cuento porque el encuentro fu de película: no habíamos avisado cuando ni siquiera si llegaríamos, y hete aquí que paseando cerca de Notre Dame se nos apareció la susodicha de repente en medio del gentío, con la consabida derrama de lágrimas por tan inesperada sorpresa. En fin, que tras recorrer París de cabo a rabo y sobrevivir a un "hotel" que más que miedo daba pánico, nos fuimos de tirón hasta Fuenterrabía, no sin antes hacer una ceremonia de quema de la única lata de atún que nos quedaba en pleno Ballon dÁlsace, al que subimos por aquello del Tour. En tan bello pueblo vasco pudimos descansar y resarcirnos de nuestras penurias alimenticias, pues mis padres que vivían allí por aquel entonces, aunque de vacaciones en Huelva, nos dejaron con mi hermana Carmen un dinerito para comer como Dios manda en uno de los afamados tugurios gastronómicos ondarribitarras.