como te venía diciendo...
 
 
    Hace unos días estuve charlando con una persona a la que no veía  desde hacía algún tiempo.Esa persona y sus palabras me trajeron muchos y muy buenos recuerdos, algunos permanentes, otros aparcados en algún rincón de mi cabeza. Hablamos no demasiado tiempo, a mÌ me pareció realmente muy poco, y recordamos dos o tres anécdotas de esas que uno no quiere ni puede olvidar. Lo mas curioso de todo, es que ella no las recordaba exactamente como las recordaba yo... y eso me hizo dudar.

Supongo que a todos nos ha ocurrido alguna vez. Recordamos como nuestra personalidad, nuestras inclinaciones, nuestra cultura y nuestras vivencias nos obligan a hacerlo. Situaciones, momentos, frases, miradas, sonrisas, borracheras o paseos, se quedan grabados en nuestra mente de una manera, y en la de la, o las, personas con las que compartimos aquellos instantes de otra.

AsÌ, tendemos a maldecir, ignorar, relegar, banalizar o encumbrar horas, minutos y segundos simplemente porque nuestros recuerdos nos lo dictan. Y nos dejamos acompañar por los resultados de esa memoria engañosa hasta el punto que acontecimientos que se convierten en referencia en nuestras vidas puede que no ocurrieran así... exactamente. O tal vez así fue como ocurrió todo, pues así es como lo recordamos, y  lo que importa de aquellos momentos es el resultado, el residuo que dejaron en nuestras vidas. Quizás lo importante no sea recordarlo todo exactamente como ocurrió, sino recordarlo exactamente como queremos recordarlo. De esta manera, sin ser conscientes de ello la mayoría de las veces, vivimos en una mentira falseada por esos recuerdos falsos que nos hacen sentir alegría verdadera, desesperanza verdadera, angustia verdadera, calma y euforia verdaderas. Filtrando en busca de pepitas de oro, nuestra cabeza nos encuadra momentos pasados en un esquema que nos permite descansar, odiar, amar, sufrir y callar porque ella nos dicta las frases, las luces, las sombras y los olores... o puede que tan solo reciba Ordenes, y seamos nosotros los que, deseando odiar, amar, llorar y reír, alteramos los hechos, los acomodamos en nuestros deseos, negándoselo a nuestro propio juicio, mientras le dictamos susurros, escalofríos, esencias, lágrimas y embriaguez con el único fin de abastecernos de buenos y malos recuerdos según nos convenga.

Mi primer maratón fue algo así. No sé realmente cómo fue, no puedo asegurarlo. Pero sí puedo decir cómo lo recuerdo. Y, sinceramente, es lo único importante. Porque esos recuerdos son el hecho en sí, la vida, el instante y el momento.

Lo mejor de todo ocurre cuando, después de haber adaptado aquellos recuerdos, uno descubre que la esencia de aquel momento fue similar para las otras personas. AsÌ que... qué más da.
domingo 5 de noviembre de 2006
No ocurrió así...exactamente.