Y, para llevar tantos años sin salir en esta noche mágica, tengo que reconocer que tal vez debería haberlo hecho mucho antes. De entrada, estuvimos en casa de unos amigos, con buen vino y sardinas a la brasa, y charlamos mucho. El vino suelta la lengua y nos hace sentir cómodos, y más si tienes en la mano una sardina deliciosa sobre un buen trozo de pan. Y, después de aquello, salimos y paseamos por la playa, situada justo frente a su casa. Había varios grupos (la playa es pequeña) y unas cinco o seis hogueras, la mayoría no demasiado grandes. El olor a humo era constante. Unos cuantos del grupo no lo dudamos demasiado. Una pequeña hoguera, casi ya solamente las brasas, parecía llamarnos, y aceptamos la invitación. Tres veces, incluso en uno de ellas sentí el calor de las brasas en mi pie derecho.
Ahora, por lo menos, puedo decir que he purificado mi alma de cara a los siguiente 9 meses.
Bueno, eso, si crees en estas cosas, claro.