Como te venía diciendo...
 
 
Hoy vino una persona a la oficina en la que trabajo que olía igual que otra. Hay un jersey en mi casa que huele igual que esa persona que vino a la oficina que olía igual que la otra persona que huele como mi jersey.
 
 Hace unos días, al despertarme, olía a mar, y era porque estaba soñando que me encontraba frente a Èl, y olía también como la señora que vino esta mañana, y al salir a la calle pasó a mi lado una chica que olía a recién duchada, tal y como olía siempre una persona que yo conocí y a la que debería volver a llamar porque hace meses que no sÈ nada de ella ni ella nada de mi.
 
Cuando estoy triste, me subo a mi coche y conduzco de noche por la ciudad vacía. Veo calles, veo poca gente, y vaya a donde vaya, aunque sea sin rumbo fijo, siempre me detengo frente a una pastelería cercana al barrio en el que me crié. Allí, de noche, siempre huele a pan y croissants y pasteles. Abro la ventanilla del coche y aspiro con fuerza, y cuando vuelvo a casa, por fin consigo dormir, porque por fin estoy en paz con mis recuerdos. Algo se desata dentro de mÌ que me hace regresar, al igual que se desató cuando esta mañana entró esa persona en la oficina.
 
Si tuviera que elegir cómo morir, moriría rodeado de los olores de aquellas personas y de aquellos momentos que hayan construido mi vida paso a paso. No me importaría que ellos no estuvieran allí, porque desde siempre he contado con el hecho de que no estarán. Puede que alguno sÌ, uno o dos o tres, pero si hay un perfume a mi lado, el olor de la playa por la noche, el olor del pan recién hecho, el olor de la ducha, de la hierba cerca de la playa después de haber entrenado corriendo durante varios kilómetros, el  olor de mi hijo cuando se acaba de echar su colonia favorita... Entonces, no creo que necesite más para sonreír.
 
Cuando llega un olor, un olor que me trae recuerdos, que me traslada a otro tiempo, a otro lugar, a otra persona, a otros brazos, a otros sentimientos, no me importaría quedarme ciego. A los pocos minutos me arrepiento de pensar así, pero durante esos breves instantes, solamente aquel momento vivido importa en mi vida. Sólo tengo que cerrar los ojos y ellos, ella, el lugar, el momento, están de nuevo conmigo. Cerrar los ojos y oler es lo más parecido a tener una máquina del tiempo. Tener los ojos abiertos y no sentir nada debe ser muy parecido a estar muerto.
 
Hoy vino una persona a la oficina que olía igual que otra...
 
 
miércoles 25 de octubre de 2006
olores