El potencial literario: una perspectiva sobre dos proyectos digitales de finedelmundo.com.ar
 
 
Las humanidades se enfrentan con un impasse en tanto padecen de un temor a lo desconocido: no se atreven a adelantarse, pero saben que no pueden volver atrás. El desarrollo en las comunicaciones, en particular en la interconectividad virtual, nos exige un enfrentamiento directo con la omnipresencia del ciberespacio.  En esta época de la llamada hiperexistencia todas las maneras tradicionales de vida han sido alteradas: el comercio hoy no requiere de una interface entre consumidor y vendedor, no se necesita un teléfono para una “conference call”, no hace falta la gasolina para propulsar un auto; la tecnología informática ha cambiado todo aspecto de la sociedad. Incluso en esto los estudios humanísticos ya no son la excepción.
Actualmente los medios digitales influyen en la creación artística en todos los campos de investigación, debido a la materialidad, maleabilidad y mutabilidad del código informático, lo cual ha inspirado la invención de una nueva terminología: el hipertexto que nos permite navegar caminos diferentes con el clic del ratón, el cibertexto que organiza lo mecánico del texto y el tecnotexto que vincula la tecnología responsable por la producción de los textos a las construcciones verbales de aquellos textos (Aarseth, Bolter, Hayles, et al). Cada término aquí mencionado explica la relación entre el código y la escritura/imagen que aparece en la pantalla. Cabe añadir que los pioneros del campo ciberliterario en los estudios humanísticos, tales como N. Katherine Hayles, Espen Aarseth, George Landow, J. David Bolter y Loss Pequeño Glazier, entre otros, comparten la idea que no podemos ignorar el medio cuando analizamos una obra literaria/poética/artística creada aprovechando de los medios informáticos—obras nacidas digitalmente (Hayles, Strickland, et al.). Es decir, por ejemplo, que el uso de AdobeFlash en el poema “Io sono at swoons” (Glazier) es tan relevante como el tipo de pintura y las técnicas artísticas como el trompe l’oeil usados por los pintores del periodo barroco. El medio, o más bien la materialidad (Glazier, Hayles, et al.) del texto es parte de la obra misma; son indivisibles. De la misma manera Marshall McLuhan ya había opinado hacía décadas que, “the ‘content’ of any medium is always another medium” (151). Entonces, podríamos decir que el texto literario también es el contenido de los medios digitales aun cuando no es parte visible de la obra en cuestión—por ejemplo (y como se verá más adelante), en el caso de “El idioma de los pájaros” de Belén Gaché—cuando tiene sólo imagen y sonido.
Esa indivisibilidad de las obras electrónicas y sus programas esenciales propone un dilema interesante: ¿Cómo analizamos dichas obras? ¿Constituyen nuevos géneros o discursos (literarios o no)? ¿Cómo las clasificamos[1]? Entonces volvemos a los términos ya mencionados—hipertexto, cibertexto, tecnotexto—que suelen ser bastante problemáticos dentro de las humanidades, especialmente cuando hablamos sobre la legitimidad de literatura electrónica dentro de los cánones literarios. Desde que los seres humanos empezaron a escribir, todo estudio humanístico ha documentado la experiencia humana usando, por lo menos, alguna manifestación del medio textual. Las crónicas, los diarios, las obras de teatro, la novela y la poesía forman parte de la condición humana hasta tal punto que el texto, se podría argüir, llegó a representar al ser humano. El texto es uno de los símbolos fundamentales de las humanidades aunque no siempre es representado en la forma del libro. Por eso, yo diría que la resistencia a la aceptación de la literatura electrónica según la autoridad canónica—un rechazo semejante pasó con las vanguardias históricas y sus cuestionamientos profundos acerca de la naturaleza de la obra artística—existe en el campo literario porque se teme que los avances tecnológicos eliminen el libro-objeto, o sea, el tótem nostálgico. Sin embargo, aquella noción acerca de la desaparición, de la obsolescencia del libro—porque hay artistas que se aprovechan de los nuevos medios—nos parece bastante irracional, por lo menos hasta este momento. Tal y como Hayles sugiere:
In the present intellectual climate—when some critics are proclaiming the end of books, and others are calling electronic literature ‘claptrap’—it is important to insist that print and electronic literature have different qualities without immediately privileging one over the other [...]. Print cannot do everything that digital texts can, just as digital texts will never have all the advantages that print offers—not better or worse, but undeniably different (“The Time of Digital Poetry...” 187).
 Quizás la prevalencia de los libros impresos se disminuya (de manera sumamente visible en nuestro momento poshumano) debido a la afinidad por los ‘eReaders’ como Kindle y Nook[2], pero más que nada la invención de aparatos como éstos refuerza la demanda por los libros hasta que “[...] the library will cease to be a warehouse and become instead a software system [...]” (O’Donnell 61). Al fin y al cabo, el libro no desaparece sino que es transformado.
En cuanto a la transformación del libro impreso al formato digital-digitalizado, vemos cómo esto afecta la creación literaria, en especial la idea del género y sus limitaciones, ya que el mismo código que hace posible la transición del papel a la pantalla es empleado para radicalizar completamente el medio impreso. Los innovadores actuales en la literatura y el arte están tomando ventaja de las posibilidades ofrecidas por los códigos informáticos y programas como AdobeFlash, MIDIPoet y NodeBox, para mencionar sólo tres; algunas manifestaciones textuales que utilizan estos aportes tecnológicos, cabe señalar, forman parte de la llamada remediación que los estudiosos J. David Bolter y Richard Grusin definen como “the representation of one medium in another”, arguyendo que “remediation is a defining characteristic of the new digital media”. Aun más, según Bolter y Grusin:
What might seem at first to be an exoteric practice is so widespread that we can identify a spectrum of different ways in which digital media remediate their predecessors, a spectrum depending on the degree of perceived competition or rivalry between the new media and the old (Remediation 45; énfasis en el original).
Dicha remediación incorpora los géneros/estilos del pasado mientras cambia su materialidad; podría observarse que el poema “Colibrí” de Glazier no es sumamente distinto, por ejemplo, del caligrama “Moulin” del poeta vanguardista chileno Vicente Huidobro, donde la diferencia es notada en el aspecto cinético de éste y el aspecto estático de aquél. Mientras el hecho de que uno se mueve visualmente en la pantalla y el otro no se mueve en la página sí es un aspecto que los distingue, podríamos recurrir al argumento antes citado de N. Katherine Hayles acerca de la continuidad de los medios nuevos y los de corte más “tradicional” para ver los puntos de convergencia entre los trabajos visuales de Glazier y Huidobro. Además, este enfoque abarca el mismo tema que trata mucha poesía vanguardista y concreta, porque los textos poéticos de este tipo exhiben ideas simples para llamar la atención del lector a la unificación entre palabra e imagen en tales obras. Cómo ha dicho Gónzalo Aguilar, “[...] las vanguardias creaban una zona poderosa de sentido que no tenía que ver exclusivamente con la escritura sino con los procesos de recepción, negociación, manipulación y exhibición. Podría argumentarse que eso vale también para otras textualidades” (12).  Asimismo, la poesía digital actual perpetúa el deseo de aquellos movimientos históricos, el de construir una materialidad artística que mereciera tanta atención como (o quizás más que) el componente literario—si es que éstos pueden ser separados o considerados como dos aspectos distintos.
Es claro que el enfoque en la materialidad artística no es una característica privilegiada de las obras digitales sino un acercamiento que surgió hace casi cien años, como podemos ver en el trabajo artístico de Marcel Duchamp, Tristan Tzara y F. T. Marinetti, entre otros; también el grupo brasileño Noigandres de los años 50 con sus innovaciones concretistas practicaba la creación de una poética sumamente material. Uno de los fundadores de Noigandres, Augusto de Campos, sugirió que:
I see concrete poetry as directly engaged with the practices of vanguard, experimental, or—as it should probably more adequately be called—innovative poetry. I think that the task of concrete poetry, after it appeared in the fifties, was to reestablish contact with the poetry of the vanguards at the beginning of the century [...] (de Campos, “Questionnaire” 215).
Se podría decir que este contacto fue un momento clave en la progresión literaria, y que ha influido bastante en la esfera digital. Como ha señalado Loss Pequeño Glazier: “It is important to recognize the lines of continuity between innovative practice in print and digital media and to be aware that many of the concepts pioneered by innovative poetry practice offer us the chance to understand digital practice much more clearly [...]” (Digital Poetics 10). Es decir que la materialidad como parte íntima de la producción de las obras—tanto concretistas como digitales—viene del medio en que están presentadas.
Así pues, cabe destacar que esta conceptualización de la materialidad digital reconsidera y busca redefinir lo literario para reflexionar sobre el potencial literario del arte digital. Es importante destacar aquí que el código informático es más que una serie de símbolos comunes a las máquinas, ya que el código también es un lenguaje humano (y viceversa) que puede ser escrito y leído por los programadores, donde la programación se convierte en un “literary object present as art” (Cayley, New Media 106). En otras palabras, la escritura electrónica compone y codifica cierta especie de lo ideogramático de la literatura digital. Entonces, el aspecto ideogramatico (aun verbivocovisual, en el lenguaje de los concretistas brasileños) de la poesía concreta adopta el matiz cinético ofrecido por la escritura electrónica, incluyendo varias opciones que no estaban disponibles antes de la llegada de los computadores.
Es evidente que este cambio tuvo un impacto dramático en la creación y la producción de las obras literarias ya que la literatura digital—entendida como la digitalización y/o la publicación de los textos en línea—comenzó a traspasar los límites de aquella producción y ahora se considera uno de los pasos hacia el desarrollo de lo que podría denominarse la e-literatura. Luego, la inclusión de gráficos, imágenes, videos, y aun de música dentro de la práctica escritural, la que hasta hace (relativamente) poco tiempo utilizaba plumas de ave y pergamino—o sus versiones análogas y modernas—ha oscurecido las fronteras entre el arte visual y la literatura. Tal vez pueda decirse que esas fronteras ya han sido borradas (o por lo menos que se han vuelto borrosas). Así, hoy en día tenemos obras categorizadas como novelas hipertextuales, novelas de hipermedia, novelas interactivas y poesía experimental, entre muchos otros textos híbridos que claramente manifiestan esta situación.
En cuanto a tales clasificaciones literarias se puede argüir que es mejor pensar en la literatura en computador como un espacio abierto a una nueva tipografía donde la gran diferencia entre el texto virtual y el impreso está en la materia con la que trabajan. La mutabilidad del código informático ofrece más opciones a los escritores, poetas, artistas, aun a los usuarios, con respecto a la creatividad y la interacción (Hayles, Glazier, et al). De la misma manera Glazier ha dicho:
The arrangements of the internal orders of texts do not add stability to the text, rather they add a perplexing layer of instability; it is the failure of the links, whether they connect or not, that gives them their activity. It is through this activity that electronic writing departs irreversibly from the world of print (Glazier, Digital Poetics 35).
No obstante, en gran parte en la literatura o el arte digital las directrices que obedecen los programas de toda obra digital, aun las que aluden a la interactividad, no permiten que los usuarios intervengan en todo aspecto de la programación; aquel derecho está reservado para los diseñadores y tal vez, para ciertos usuarios—hackers—capaces de manipular el código. Así pues, si vemos la interactividad (tan limitada como es) como leitmotif del Internet (Aarseth, Miller, et al) serían más evidentes los niveles de control y limitación propias a la literatura ‘nacida digitalmente’ (Strickland y Hayles).
    Para profundizar un poco más el tema de materialidad es importante indagar este aspecto—quizás el más notorio de la literatura digital—de la interactividad. Según el Diccionario de la Real Academia Española la palabra ‘interactivo’ es definido así: “Dicho de un programa: Que permite una interacción, a modo de diálogo, entre el ordenador y el usuario”. El mismo diccionario define la ‘interacción’ como: “Acción que se ejerce recíprocamente entre dos o más objetos, agentes, fuerzas, funciones” (énfasis mío) [3]. Teniendo en mente estas dos definiciones, hemos de cuestionar si esta relación (supuestamente) recíproca realmente podría existir entre el ser humano y la máquina. Ya que es posible debatir esta problemática tomando en cuenta unas manifestaciones tecnológicas muy distintas—desde los videojuegos de tipo ‘role-playing’ hasta la inteligencia artificial—para el propósito del presente estudio yo limitaré el discurso a la literatura digital y más específicamente a la literatura digital que permite input del usuario [4].
Cabe observar que no podemos dialogar con la idea de la interactividad sin hablar un poco más del cuasi-género del hipertexto, ya que comparte características que se incorporan en toda escritura electrónica—la flexibilidad, la interactividad y la instabilidad (Bolter xiv; Landow, Hypertext 3.0 84)[5]. Aun se podría decir que el hipertexto es, hasta cierto punto, la remediación de la palabra escrita mientras la hipermedia es la (re-)mediación del hipertexto; o sea, el hipertexto es la fundación de la hipermedia. El empleo del hipertexto para facilitar la remediación de otros medios artísticos representa el cambio del hipertexto como modo de comunicación (i.e. las redes creadas para compartir las investigaciones académicas en los años 70) hacia un medio, no sólo de la comunicación, sino también uno artístico.
    En la esfera de la literatura digital, la participación del lector ha llegado a ser más activa que pasiva, aunque todavía es difícil fijar con certidumbre cuánto control tiene el usuario en el proceso creativo. También el debate sigue con respecto a aquella diferencia entre computador y libro; en la historia literaria de los precursores de la e-literatura, ciertas obras como Rayuela de Julio Cortázar o Cent Mille Millards des Poèmes de Raymond Queneau, por ejemplo, recalcan la potencia interactiva del lector en el medio impreso. Entonces, hemos de preguntar: ¿será la interactividad o la materialidad lo que supuestamente crea un género nuevo? ¿Está muerto el autor o ha renacido bajo el nombre de la remediación (o el de su compatriota, la colaboración)? ¿Dónde se ubica la fuerza literaria de la literatura digital?
Teniendo en mente estas cuestiones teóricas, la presente investigación se centrará en la materialidad de dos obras digitales que pertenecen al sitio de web findelmundo.com.ar, enfocándose en particular en lo que se podría llamar “la fuerza literaria” o la “literariedad” de tales obras. Se investigará la cuestión de ‘lo literario’ con respecto a los posibles géneros/estilos de literatura remediada, aún reinventada, en los trabajos digitales de Belén Gache y Gustavo Romano. Yo propongo demostrar que estos nuevos medios no necesariamente garantizan la creación de géneros literarios como han sugerido teóricos tales como Hayles, Landow y Glazier. Aun más, como se verá más adelante, hay que subrayar el aspecto literario de estas obras ya que manipulan y al mismo tiempo hacen proliferar los géneros literarios ya existentes.
En el primer capítulo se tratará la obra Wordtoys de Belén Gache, una escritora argentina-española que tiene licenciatura en Historia de Arte y maestría en Análisis del Discurso. La obra, definida como una “[s]erie de trabajos de literatura experimental […]”[6], y presentada en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, fue descrita por la autora de la manera siguiente:
Los wordtoys están concebidos a partir de diferentes estrategias: el hincapié en la materialidad de los signos (El jardín de la emperatriz Suiko, 22 mariposas rosas), la interactividad (mariposas-libro), las combinatorias y el azar (El suicidio de la señorita Chao , el uso de instrucciones (El procesador de textos rimbaudiano , Escribe tu propio Quijote) [...] Estos dos últimos trabajos (al igual que en el Canon occidental o El lenguaje de los pájaros), buscan denunciar la ideología que subyace detrás de la noción del escritor como genio creador. No somos nosotros los que hablamos sino que es el lenguaje el que habla a través de nosotros (“Acerca de los Wordtoys...”).
Este proyecto fue parte de la instalación “Desmontajes” del NETescopio, una rama del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC), y Cyberpoem 4.1: Mostra de Poètiques Digitals (Barcelona) además de ser seleccionado en la muestra “Robot Ludens” del Centro Virtual del Centro Cultural de España en Buenos Aires. Ha publicado un libro de crítica titualdo Escrituras Nómades, mientras algunos trabajos interactivos incluidos en El libro del fin del mundo (que viene con un CD ROM) recibieron menciones especiales del jurado de los eventos Post Cagean Interactive Sounds y Buenos Aires Video XXIII; Gache también fue finalista para el Premio Herralde de Novela para La vida y obra de Ambrosia Pons. Ha exhibido varias obras en el Museo Tamayo (México D.F. 2003), MEIAC (Bajadóz 2008/9) y el Centro de Arte Pepe Espaliú (Córdoba 2011), entre muchos más. También, Gache ha participado en la Bienal de Ushuaia (Argentina 2007),  Cyberpoem 4.1 (Barcelona 2007), 7ª Bienal del Mercosur (Brasil 2009) y, en la actualidad, la International Conference on Latin American Cybercultural Studies (Liverpool 2011) (Gache, Fin del mundo).
El segundo capítulo explorará el IP Poetry Project de Gustavo Romano. Romano es considerado un pionero en el campo de las artes visuales y ha presentado obras en museos alrededor del mundo, en ciudades tales como en Nueva York, Madrid, Berlín, la Ciudad de México, Viena y Beijing. Asimismo él actúa como el curador del proyecto NETescopio y también ha dirigido la Sala Virtual y el Medialab (2004-2009) del Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA). En el año 2006 Romano recibió el prestigioso premio de la Fundación Guggenheim, el mismo año en que inició el proyecto IP Poetry. El propósito de este proyecto es de explorar la integración de lo humano con lo robótico, lo cual posibilita la generación de poesía usando input del usuario y un buscador del Internet para crear poemas híbridos—poemas que son la intersección de lo ingresado por el usuario y el azar de la textualidad del Internet. Todavía IP Poetry está en operación en línea y su proceso ciber-creativo continúa ad infinitum gracias a la proliferación de los sitios de web que siempre proveen materia nueva para incluir en los poemas (Romano, Fin del mundo). Su producción continua de “poesía” en Internet no sólo tiene lugar como resultado del aporte del artista, sino también, y sobre todo, por la participación de los usuarios (a veces anónimos)—incluso toda la información puesta al Internet—en la creación literaria. En cuanto a aquella participación interactiva, Romano señala que:
[...] el artista intenta desaparecer, hacerse invisible tras un “colectivo”. En otros casos ni siquiera esto resulta relevante ya que el artista adopta el rol de promotor, de alguien que pone en escena un argumento del que nadie conoce su final y ni aún su próxima escena. En algunos casos, este desplazamiento del artista parecería estar ligado a aquella idea de Beuys de que “cada hombre es un artista” en tanto que se pretende una participación activa y decidida y la transformación del usuario en “networker” (Romano, “NET(art)WORKING”).
Se podría decir que esta transformación sería la meta del IP Poetry, ya que el proyecto depende de la participación de los usuarios, tanto los que participan en línea como los que lo hacen durante las exposiciones.
 
 
 
Izquierda: la página principal de fin del mundo; Centro arriba: Eugenio Tisselli, Gustavo Romano, Belén Gache y Santiago Tavella; Centro abajo: “Colibrí” de Loss Pequeño Glazier; Derecha: “Moulin” de Vicente Huidobro
Entra la máquina
[1] Joseph Tabbi ha opinado que, “What is being produced at this moment in a Web 2.0 environment cannot be categorized or neatly summarized, though it’s safe to say that the ‘narrative’ and ‘semantic language understanding,’ where found, will co-exist with codes and other non-verbal contexts, much as ‘the human’ nowadays is bounded everywhere by non-human forces and objects” (n.p.).
 
[2] Robert Darnton nos informa que: “[...] the sale of e-books (digitized texts designed for hand-held readers) doubled, accounting for 10 percent of sales in the trade-book market. This year they are expected to reach 15 or even 20 percent. But there are indications that the sale of printed books has increased at the same time. The enthusiasm for e-books may have stimulated reading in general, and the market as a whole seems to be expanding. New book machines, which operate like ATM's, have reinforced this tendency” (n.p.) <http://chronicle.com/article/5-Myths-About-the-Information/127105/>.
 
[3] También, Pierre Lévy ha sugerido que: “The possibility of material reappropriation and recombination of the message by a receiver is a significant factor in evaluating the degree of interactivity of a device” (61).
 
[4] En el libro Cybertext: Perspectives on Ergodic Literature, Espen J. Aarseth plantea que la cibertexualidad (la organización mécanica del texto) vale más que la hipertextualidad (enlace/nodo) con respecto a la literatura digital, ya que ésta permite la creación de textos ergódicos donde el usuario puede intervenir en la obra.
 
[5] Habría que reconocer que la hipertextualidad (en su forma proto-) ha existido desde hace siglos, en los códices hasta las notas al pie de página.
 
Heather M. Fletcher
University of Georgia
© 2011