El macho primitivo.
Las mujeres lloramos, y a fuerzas de decir verdad, lloramos innecesariamente por muchas cosas: lloramos infructuosamente porque él no es la relación a la que aspiramos, a sabiendas de que nunca estará más lejos del casado de Ricardo convertirse en él soltero de Juan. Lloramos porque se nos juntó todo, y en un mal día, unos fideos pasados nos provocan el mismo efecto que dieciséis horas de trabajo de parto. Lloramos porque somos sensibles a una cantidad de influencias de las que los hombres, biológicamente, no tienen conocimiento. Y muchas veces, no está de más reconocerlo, lloramos para manipular, porque es una herramienta sobradamente comprobada en el campo de la discusión contractual. Pero hay un llanto, entre otros, que es de lo más auténtico, que tal vez no estaba destinado a ser llanto y que por ciertas características de nuestra naturaleza, deriva en mocos e hinchazón ocular seguida del consabido: “tengo los ojos secos”. Es este el caso de la ira irrefrenable, de la impotencia absoluta ante el socialmente inaceptable macho fanfarrón, a quien encontramos como un gemelo fantástico en forma de: compañero de trabajo, empleado de atención al cliente, conocido en una reunión social, amigo del amigo del novio y otros camuflajes igualmente engañosos. Su peor y más estúpida arma adaptativa, en un mundo en el que las mujeres están ganando terreno, es dárselas de “renovado” new age, y de intentar, muy desafortunadamente, hacerse el humilde comprensivo, cualidad que a kilómetros se nota, no tiene, y que a la mera hora de la verdad no puede con su naturaleza de macho primitivo y te lanza una como: “Si fueras hombre entenderías..”.
Yo todavía no aprendí a mandarlos a la mierda con altura, por eso a mi me pasa que cuando un macho primitivo se mofa de mis habilidades con sorna e intenta descalificarme, porque se siente ofendido por mi posición laboral o por el reclamo de mis derechos, acumulo impotencia, activo neurosis en estado de reposo (porque siempre guardo un poco para cuando hace falta) y me largo a llorar de la manera más visceral y desconcertante: sola, para que nadie lo note, y mezclando mocos con reconstrucciones de escenas cinematográficas en las que soy, por ejemplo, Erin Brockovich y hago justicia por mano propia. En este caso, si mi llanto femenino llevara subtítulos éste diría: “te bajaría todos los dientes de una patada voladora si pudiera imbécil!!”, pero las mujeres no podemos hacer esto, porque en primeras comprendemos que socialmente no corresponde y porque si somos capaces de semejante maravilla entonces nos tildan de “porta pene fantasma” y motes similares, así es que, muchas veces, nuestro único recurso ante la rabia incontrolable, ante la furia desalmada, ante las ganas de hacerle comer la mesa con los dientes, a él, al de los huevos bien puestos, es transformar la ira en llanto abrumador, hirviente, ácido y achicharrante.
Hace un tiempo me topé con el peor de los peores de esta clase, un solo día compartí mi espacio vital con él y juro que unas horas me hubiesen bastado: Claro!!, al principio simpatiquísimo el desgraciado, pero por lo mismo, un pedante en potencia; un irrespetuoso malhabido cuya única y constante necesidad era pasar por encima mío todo el tiempo, haciendo notar insistentemente que él, poseedor del arma secreta, profeta de la especie superior, era inequívocamente el justo propietario del trabajo que yo desempeñaba. Un cobarde de los más fervientes, que carga su masculinidad como un estandarte carnivalesco y que obviamente es festejado y reconocido por sus iguales, que en la misma línea, y en la creencia de haberse topado con el mesías temporal del pito potente, o con el inventor del fútbol cinco, lo ovacionan con sonrisas de media boca y miraditas cómplices con la finalidad de llevar a término la tarea de, en este caso, hacerme berrear como quinceañera castigada. Sus actos desesperados por revalorizar la testosterona como fuente de poder me debilitaron al punto de no recordar que cuando no puedes contra el enemigo lo mejor es unírsele. De todos modos hubiese preferido limpiar el inodoro de Sadam Hussein antes que unirme a la bestia de dos cabezas.
No muy lejos de este desafortunado evento tuve la desgracia de tener que negociar con otro de la misma calaña, que a decir verdad, no era tan inteligente, pero que de igual manera me hizo saltar la banca con sus insinuaciones de semental superior, para colmo burócrata, supongo que de nacimiento porque retrospectivamente no se le notaba ninguna otra inquietud. Este infame del escritorio setentero me instó a retirarme de la oficina pública mediante la consigna: “Mejor, que venga tu marido!”, a lo cual alegué: “Pero mi marido no va a resolver nada que yo no pueda solucionar con usted ahora mismo”. La respuesta fue exactamente la misma que en el caso anterior: una sonrisa medio desdibujada y el guiño de un ojo sin ninguna gracia a su semejante testicular que descansaba su poco proactivo culo en el escritorio de junto, haciendo padecer por igual a una señora que todavía guardaba esperanzas.
Sepan, los que aún creen que el machote está en alza, que las diferencias de género no implican superioridad o inferioridad. Naturalmente entiendo que este es un vasto tema discutido hasta el hartazgo y puesto sobre la mesa de diálogo por capacitadísimas mujeres de todo el mundo a lo largo de la historia, y aunque el mío se trate, tal vez, de un discurso que no cumple con los cánones intelectuales de semejantes portadoras, no deja de ser una enunciación sincera, un llamado de atención sobre aquellos que no comprenden todavía que Pedro Infante ya no está de moda.
miércoles 4 de junio de 2008
Con un pié de cada lado
Publicado por Anabel el 09/4/2008
El macho primitivo
Publicado por Anabel el 04/6/2008